CLUB SOCIAL J.J.PADILLA
Social y Deportivo
rezaba el cartel verde sobre la puerta. La verdad, no tenía mucho de ambas
cosas. Abría a las cinco de la tarde y los habitués llegaban despacio, casi con
resignación a la fresca oscuridad de su salón. Había cinco mesas muy separadas
como para llenar la parte de adelante.
Dos mesas de billar
compartían ese espacio y más atrás estaba
el metegol y la mesa de ping-pong. Más al fondo reinaba la oscuridad y donde terminaba el salón, casi desdibujado, un escenario olvidado.
La euforia barrial
había desaparecido con el peronismo en el 55, transcurrían los años sesenta y
la mayoría estaba dentro de sus casas. Los únicos osados eran almas
solitarias que atravesaban el sol de la tarde para tomarse un fernet en el
Padilla. No por nada era el
componente principal del aroma dulzón que te llegaba al cruzar los dos
escalones de entrada. Cincuenta por ciento de fernet, veinticinco a café, quince
a madera vieja y diez a lavandina.
El mostrador del
bufete era una heladera sin vidriera sobre el frente, una gran ventaja que
evitaba la vista desconsoladora de su interior. El abrir y cerrar de sus
puertas está clarísimo en mi memoria. Sus grandes picaportes hacían un
característico chasquido metálico al abrirlas y al cerrarlas, cuando su
pestillo las aseguraba después del golpe sordo de la puerta amortiguada por el
burlete de goma.
El edificio parece
haber sido hecho a la medida de un club. Las ventanas estaban a la misma altura
que las mesas como para acodarse y mirar el barrio desde la ventanilla de un
vagón que no iba a ninguna parte y el
paisaje estaba quieto como una lámina.
Las historias interesantes pasaban
por la puerta, miraban, suspiraban y se iban a otro barrio.
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