Bendita rutina



Qué suerte tener un lugar donde volver.
Para los sedentarios consuetudinarios lo bueno de salir de vacaciones es volver.
Llegar a casa y sentarme en el sillón -mi sillón- que es la manera en que la casa me abraza. Yo pienso que la casa me quiere porque la he construido, pintado y arreglado.
Amada rutina de los atardeceres a las siete de la tarde. Hora clave donde la creación y un whisky con hielo reclaman su momento. El whisky siempre está en la repisa, a la creación le gusta hacerse rogar.
A ciegas podemos estirar la mano en el placar y siempre encontramos la remera gris que por  algún motivo misterioso si engordamos aumenta su tamaño y si adelgazamos se acomoda
al talle.
Las medias gruesas de gimnasia también nos son fieles, a pesar que uno espera con cierta angustia que alguna vez desaparezca una, como suele ser su destino en el limbo de las medias. Pero no, allí están por suerte y no están rotas, lo cual indica que fueron más pantúflicas inviérnicas que gimnásticas.
El sol está adentro y siempre alto en la pared y en sobre relieve.
Primitivo reflejo de la adoración al Sol invictus.
Hay un rincón, un marco de puerta al final de una pared. Allí, de tanto en tanto y cuando estoy solo, apoyo la cabeza en el marco y estiro los brazos a cada lado de la pared y con las palmas abiertas la abrazo, trato de percibir su latido de piedra y le agradezco su cobijo.

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