Silla de ruedas


Le daba vergüenza estar enfermo. La sensación exacta era una palabra que no existía o al menos el no conocía, pero sin duda era una mezcla entre pudor y vergüenza.
Todos los días tenía que hacerse una radiografía de pecho. Cerca del mediodía venia el camillero y en silla de ruedas lo trasladaba  a la planta baja. Ese trámite era penoso porque el trayecto lo paseaba por diferentes lugares donde Manuel tendría que exhibir su condición de enfermo.
Tenía que acordarse de pasarse un peine, tener puesta una remera decente y que el enfermero le acomode correctamente la manta y el caño que sostenía el suero. Nunca pasaban esas tres cosas juntas.
Manuel avanzaba en la silla de ruedas mirando hacia un lugar indefinido que estaba en el piso a tres metros de él. Ese ángulo le permitía no estar con la cabeza gacha, como vencido, y evitaba notar las miradas de curiosidad y conmiseración de quienes se cruzaban con él.
La planta baja era una romería. Un gran hall que conectaba diferentes espacios del hospital. Estaba la librería, la confitería y gente de guardapolvos o vestidas de calle circulaban o charlaban en grupo. Allí, inevitablemente, Manuel se sentía un animal de zoológico.
Finalmente sobre el final de una pared larga y desnuda de ventanas, carteles y pasillos el hueco oscuro y pequeño de una puerta. La cueva donde Manuel se escondería de los sanos.

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