Los saludos



Cuando uno entraba en la adolescencia los saludos se convirtieron en algo incómodo. Muchas veces me quedaba encerrado en mi pieza para no tener que salir a saludar a toda la parentela, pese a que estaban mis primas que significaban promesas de besos furtivos. Pero más allá de la obvia timidez, el tema era con tíos o amigos de mi viejo que ni ellos ni yo sabíamos si correspondía darnos un beso o darnos la mano. Lo primero parecía muy infantil y lo segundo realmente sobreactuado.
En los años ochenta, ya bautizados en democracia, todos éramos hermanos latinoamericanos, cumpas y besos y abrazos se repartían por doquier sin mediar sexo. Más sentido cobraron los últimos años para reconocernos entre náufragos en aquel mar negro de individualismo.
Para nuestra generación aquello quedó sellado en la convivencia social y sin embargo, virus por medio…, ay, mirá lo que quedó..., como dice el tango.


Comentarios